martes, 24 de marzo de 2015

LOS MANCHONES DE FIN DE AÑO

Amigos de mi Blog:

Tras algunas entradas autorizadas por el siempre maestro "Polvorilla", ya era hora de colgar algo mío, en este caso lo que publiqué en CAZA MAYOR del pasado febrero, mas como se trata de lectura...¿a qué extenderme más? Solo decir que, leído casi todo lo escrito por los diferente autores desde el S. XIX hasta nuestros días, que aquellos manchones familiares debían ser lo más parecido a las monterías de que nos hablan deleitándonos siempre. "Yo me lo guiso y yo me lo como", podríamos decir. Tan solo prescindíamos de escopetas negras y "serviciarios" o criados, fuera de lugar en nuestro tiempo, aunque siempre ejerciéramos alguno de nosotros de tales, cargando el aire para beneficiar a los compañeros. Espero que os guste y os divierta. Os prometo que fueron reales como la vida misma.


Os lo paso en forma de fotos para mayor comodidad vuestra, Tan solo deberíais ampliarlas un poco si la letra os resulta pequeña. No obstante os copio al final el documento original para facilitaros las cosas a la hora de leer aunque me salga un poco de márgenes. Cosas de ser un indocumentado informático.
Si que quiero recordaros las condiciones ventajosas para adquirir mi libro "40 años monteando narrados en primera persona". Los interesados escribidme a lolomialdea@gmail.com



Como siempre, recibid un fuerte abrazo y besos para las señoras
Lolo Mialdea
lolomialdea@gmail.com






  
LOS MANCHONES DE FIN DE AÑO

Lolo Mialdea

lolomialdea@gmail.com



Durante muchos años pasamos la fiesta de fin de año en Las Alcornocosas antes de que llegara la administración a retractarla y echar a perder todo lo bueno que allí hizo Horacio Arenas. Nos reuníamos entre 5 y 6 familias y lo pasábamos como los indios a base de buen humor, buen llantar y mejor beber. Por lo general echábamos 4 o 5 días paseando y registrando manchones por la mañana y tirando zorzales por las tardes.  Aunque por entonces no parábamos de montear… ¡Aquello era el sueño de todos los años!
Era costumbre ya establecida que el día 2 de enero – el 1 estábamos bastante estropeados por motivos obvios – manchonear Los Duques entre los que allí pernoctábamos y algún otro que se nos unía, dando unos pelotazos increíbles en los que lo raro era que alguien se quedara sin tirar porque Los Duques son un pedacito de jamón que nunca nos fallo dándolo con los fríos. Fueron muchos años pero he aquí un par de ejemplos de dos consecutivos.

 Los Duques 2 de Enero de 1.983.
El manchón de las emisoras

Habíamos pasado un fin de año extraordinario allá en la sierra, e iniciamos, dándonos un día de descanso para que se nos pasara la resaca, la que se convertiría en una tradición que duraría muchos años y que a mí personalmente, siempre se me dio muy bien. ¡Ya verán si siguen leyendo!
Si vas a Montoro o Adamúz y preguntas cual es la mejor mancha de Las Alcornocosas, te responderán los monteros y furtivos viejos: ¡Los Duques, sin duda! Y es que esta manchita de la finca, aparte de tener unos encamaderos envidiables, está prácticamente rodeada de los olivares de Alcalá y Las Piedras de la Sal, con lo que eso supone para las comidas de los bichos del campo.
Por la época en que hablo, ya concluidos los trabajos del AVE, como con un hacha gigantesca la habían desgajado del resto de la finca, dejando tras ser mallada para la seguridad del ferrocarril, dos únicos nexos por los que comunicarse con el resto: Justo bajo los dos viaductos que saltan los arroyos, uno más pequeño y otro de enorme altura.
Pero no por ello dejó de ser una extraordinaria mancha siempre que se diera con mucho frío. Se prestaba pues a ser manchoneada con un pequeño número de escopetas y pocos perros. Vamos, ¡Ideal para lo que se trataba!
Quiero recordar que entre los que ya estábamos allí arranchados y los que subieron el día de marras, estábamos presentes, amén de Horacio, su primo Antonio, Rafa Ruda, Jesús del Campo, Joaquín Eguren (qepd) y el que esto cuenta, en total 6 escopetas, que bien situadas podrían cubrir el manchón. Por descontado que se podían poner más pero como no se trataba de tapar cada agujero, bastaba y sobraba porque solo tirábamos cochinos y les conocíamos las huidas.
Para batir el monte dos rehalas: la de Joaquín y la nuestra, pues Gabino estaba deseando conocer lo de Horacio.
A mí me tocó cubrir la loma que recorre como una espina dorsal lo más alto de Los Duques, y como todos estábamos intercomunicados por “walkies” esperábamos suplir la carestía de posturas avisándonos unos a otros la entrada de los cochinos y así contar con unos valiosos segundos para mejorarnos, o en mi caso prepararme para tirar, pues donde estaba solo contaba con unos metros en el raspil.
Nada mas soltar los perros en el segundo viaducto, el chico, y donde nace la vereda por la que Horacio, Jesús y yo habíamos accedido para ponernos, se formó la mundial de de ladras y arrollones de monte, y al par de minutos sentí tirar a Jesús por bajo mía, y al poco a Horacio que se había rebajado desde donde yo estaba para cubrir la solanilla opuesta. Por  las emisoras supe que ya había dos marranos en la buchaca.
Yo esperaba haber tirado de primeras, pero el cochino que corrió en mi dirección lo mató Horacio. Lo que si me entraron fueron cuatro lindísimos venados y vi vaciarse dos cochinos por los olivos de Las Piedras de la Sal que estaban sin cubrir. ¡Habría que esperar a que los perros le dieran la vuelta al manchón y que llegaran a la solana grande que cubrían Rafa Ruda, Antonio Arenas y Joaquín Eguren bajo el viaducto grande este último.
Llegado ese momento empezaron a tirar como locos Antonio primero, y luego Rafa, y yo no sabía si echar mano del rifle o del “walkie”, ya que Isa estaba cámara en ristre, y opté por terciarme el primero y coger el segundo con la mano derecha presto a soltarlo al primer aviso.
           -¡Lolo, ahí llevas los cochinos, lo menos 15…!, acerté a oír la voz de Rafa Ruda deformada por el  crepitar de la radio mientras esta volaba hacia mi abrigo, e inmediatamente empecé a oír el crujir del monte derechito a lo más angosto de mi ya estrecho tiradero.
Con el rifle a medio a media guardia esperé a verlos, y en cuanto percibí el lomo negro de un marrano entre las jaras, apunté, apareciendo a la vez en el campo de mi anteojo el primer marrano junto con la veredita se serpenteaba por la loma.
¡Pum!, y sin saber siquiera lo que había pasado pegué el cerrojazo y le solté otros 150 grains de mi BRNO .270 win. al primero que asomó entre las tres rayas del visor. Volví a recargar y ya no pude ver más que el culo del último que se me tapaba no consiguiendo hacerle puntería.
Inmediatamente cogí el “walkie” y llamé a Horacio pero lo que escuché fue el bramido de su  Mannlincher 9.3x62 y al momento otro tiro mientras sentía más que oía a Isa diciéndome:
           -¡Jesús, qué barbaridad!, ¡Que montón de cochinetes!, y lo he grabado todo.
           -¡Morgan, leche, que difícil! ¿Pero has dicho cochinetes?, le pregunté con la respiración aun alterada.
           - Es que eran primalotes crecidos, menos la primera que debía ser la madre. ¿Es que no lo has visto, contra?, me contestó mi mujer preguntando a la vez.
           - Tú no sabes lo que se ve por el canuto, que la cuestión del tamaño se pierde cuando tiras de esa manera tan rápida y a bichos tan tapados de monte. ¡¿Pero me quieres decir si le he dado a alguno?! Al primero le vi entrar la bala bien, pero…
           -No estoy segura, que yo también andaba enfocando, pero si, para mí que la primera va dada. El otro tiro ha dado donde los cochinos, pero si ha cogido rasca alguno no lo sé.
El sonido de radio nos sacó de la conversación y Horacio y Rafa me llamaban a la vez no dejándome contestar a ninguno.
           -¡Uno a uno, porfa! A ver Rafa ¿Me recibes?, cambio, logré infiltrarme entre los dos.
           - Si, te recibo. ¿Te has quedado con alguno?, cambio.
           - ¡Ni puñetera idea!, ¡Quizás la cochina! Y tú, ¿Qué has hecho?, cambio.
           - Uno se ha quedado al ladito tuya, que luego te guío a que lo saques, cambio.
De pronto se oye la voz de Horacio:
           -¡Rafa, cállate ahora! A ver, Lolo, ¿me copias?, cambio.
           -Te copio, te copio, Horacio, ¿Qué has hecho tu?, cambio.
           - Me he quedado con uno, que me los has esturreado, “maldita madre”. Tú tienes una cochina muerta por encima mía, cambio.
           - ¡Vale, cojonudo! ¿Qué fue de tu primer tiro, que no te quise llamar?, cambio.
-          -¡A otro marrano!, ¡Ahora nos vemos!, cierro. A ver Jesús, ¿Me recibes?, cambio.
Pasó un ratillo y no le contestó, sin embargo Jesús me llamó a mí.
            -¡Lolo, no me digas que no me recibes, que te estoy oyendo en vivo, pero no capto a Horacio!, responde, cambio.
            -Si Jesús, te recibo. ¿Qué has hecho tu?, que será lo que quiere preguntar Horacio, cambio.
            -Dile que un cochino. ¿Y vosotros, ¿qué habéis hecho?, cambio.
            -Cada uno un marrano. Ahora le paso tus noticias a Horacio, ¡Y dejad de llamar que parezco una “titi” telefonista, que soy el jodido repetidor!, cierro.
            -Horacio ¿Me oyes?, cambio.
            -Te recibo, cambio.
            -Jesús otro cochino, cierro.
            -¡Vale!, cierro.
            -¡Riiiin, riiiin, soy Antonio. Yo otro más. Pásalo, que yo te oigo de perfecto!, cierro.
            - A ver Horacio, aquí Lolo, que me dice Antonio que él ha cobrado otro. ¿Me copias?, cambio.
            -Sí. ¿Ha tirado el “Bamburen” bajo el puente?, cambio.
            -Dos veces, pero una habrá sido a la cierva que le encargaste y la otra a la vez que Ruda, pero no creo que se haya quedado con ningún marrano, cambio.
            -Vale, que ya voy para arriba, corto y cierro, terminó Horacio.
            -¡Coñe, Isa, que coñazo!, la próxima vez coges tu el “walkie”. Vamos a registrar los tiros a ver si ha sonado la flauta con el segundo.
Trincamos en busca de la vereda donde había tirado y nada más llegar vimos las jaras espolvoreadas de rojo.
-         -Mucha sangre es esta para uno solo. Vamos a seguirla un poco, le dije a Isa mientras escrutaba suelo y monte, y lo primero que vi allí mismo es que había una sangre brillante y otra negra. ¡Pues los dos van dados!, añadí cogiendo el rastro.
Al poco de volcarme sentí toser a Horacio para que lo rallara, y yo le devolví la señal con un silbido, y a la nada nos juntamos justo en el sitio donde se desdoblaba el rastro.
             -No busques mas, que el otro lo cogieron los perros tuyos. ¿Ves el papel que dejó Gabino? Si quieres ve a por él, pero es un primalón y por lo que a mí respecta lo va a recoger un guardia. Ese para los “animalitos del bosque”, pobreticos!, me resolló el jefe.
             -¿La grande esta cerca?, le interrogué.
             -Sí, ahí en la cañailla, al ladito de la mía, me contestó. A ver si llegan los perreros y el guarda y los arrastramos.
Y es que habíamos quedado con los que montearon aquello en que se juntaran con nosotros en mi paso, cosa que sucedió a los pocos minutos, y tras sacar las marranas arriba, el resto fue casi dejarlas rodar hasta donde teníamos todos los coches.
Cuando nos reunimos en el paso de Joaquín Eguren - que había visto salirse un montón de venados - echamos cuentas y resulta que todos habíamos tirado y matado, que Joaquín también tumbó la cierva para el frigorífico. Total 7 reses entre los seis, contando la mía que se había quedado para los “juanicos”. ¡Eso es divertirse y lo demás son pegoletes!, y todo en poco más de una hora.  Cuando llegaron los perreros con su dotación al completo abrimos unas cervezas de la caja que yo había echado en el Discovery y disfrutamos uno de esos ratos que me resultan imposibles de describir.

 Dicen que “los buenos perfumes se guardan en frascos pequeños” y eso es absolutamente cierto en el caso de Los Duques, e iría más lejos: Todas y cada una de las partes de una finca, hasta la más insignificante “mariposa” de monte, tendrán su momento a lo largo del año. Todo es cuestión de aprenderse el cazadero, pensar un poco y registrar en condiciones.
A, por cierto, al día siguiente me monté un recechito por el carril de Los Espejitos y cobré un par de ciervas para regalárselas a los guardas y olivareros vecinos por las fiestas. ¡Debuten, Juaqui! (Ahora dirían algo así como: ¡Que fuerte!)

Los Duques 2 de Enero de 1.994.

Cómo siempre el manchón de Los Duques no me falló, aunque si he de decir la verdad anduve un poco chambón e incluso estúpido. La cosa fue como sigue:
En aquella ocasión estábamos algunos más que el año anterior y me encargué de colocar la armada de arriba, poniéndome el último, contra la malla de Las Piedras de la Sal, y si digo que es mal puesto estaría mintiendo como un bellaco. Tan es así que lo repetí al año siguiente.
Allí el paso lo forma un largo y suave collado que muere en el morrete que corona Los Duques. En su parte más alta tiene el monte ralo, pero en lo más lejano la cosa se complica con tal solo un viejo veredón casi completamente comido por el monte. Atrás, los olivares de la antes mentada finca, malla de por medio.
Nada mas soltar se lió “la de San Quintín”. Desde mi privilegiada posición vi tirar a Horacio por dos veces y pronto me entraron un par de venados y unas pocas ciervas. La rehoya hervía literalmente de reses y perros. No sabías ni a donde prestar la debida atención y tuve que pedir a Isa que dejara la cámara para mejor ocasión y vigilara mi frente mientras yo me ocupaba de los meneos más cercanos. ¡Un verdadero espectáculo para todos los sentidos!
De pronto salta mi mujer:
           -¡El cochino, derecho o a cruzar la raya vieja, allí lejos, y me señalaba con el brazo extendido.
En aquellos cortísimos segundos no fui capaz de echarle el ojo encima ni de ver movimiento de monte que me ayudara a saber por dónde exactamente iba a saltar el veredón, y cuando quise darme cuenta ya estaba casi pasado, pero como ya le había cogido el viaje lo entreví donde las jaras estaban más claras y lo tiré con toda la intención del mundo… ¡Sus mulas!, debí matarlo, pero se fue bien sano, mas no hubo tiempo para lamentarse.
Barranco arriba sentí lo que a todas luces era otro cochino que venía derechito a cruzarme a unos 40 ms. Al pronto se paró y por un momento temí que nos delatara el aire, pero mi subconsciente me recordó que lo tenía franco en la cara. Reinició su avance pero esta vez despacito, y volvió a pararse un par de metros antes de saltar a lo limpio. Lo normal, pensé, y ahora volverás a hacer lo mismo en el corte del monte y allí te voy a matar.
Entonces hizo lo más raro del mundo: ¡Se destapó y se quedó parada en mitad del claro! y como yo le iba corriendo la mano, le pegué tal tiro en los jamones que dio media vuelta. Recargué rápido dispuesto a rematarla pero no hizo ni el más mínimo movimiento. ¡Estaba completamente muerta de un tiro de jamones! ¡Aun más raro!
           -¡¿Qué haces?, remátala, que va a dar un bote y se pierde!, me pidió Isa que a esas alturas de su vida montera sabia ya más que muchos que se creen maestros. Como yo la tenía metida en el visor no me cabían dudas, de modo que le dije:
           -¡Niña, aunque no te lo creas está fundida!
            -Pero si solo tiene un tiro de jamones!, arguyó certera.
           -Pues eso es lo curioso. Esta tan muerta como si el tiro lo tuviera en la cabeza. ¡Que cosas!
Cuando Gabino llegó a mí, le pedí que esperara a que el perrero de Joaquín también coronara porque quería, visto lo visto, que entraran a la solana de manera diferente a como se echó el año anterior. En estas estábamos, de cháchara, cuando con el rabillo del ojo vi otro cochino por los pasos del primero.
           -Espera, espera, Gabino. Isa, otro por donde el que se me fue, interrumpí la conversación.
Esta vez le tenía cogida la ventaja y lo esperé a que se destapara situando la cruz del anteojo en el sitio esperado. Al momento apareció en el campo de visión, le corregí un poquito y le dejé volar una píldora. ¡De esta no te has librado, mamón!, pensé instantáneamente.
           -¡Coño, que tiro las pegao al chaparrillo!, oí a al perrero decir mientras vi como un arbolito caía a tierra como segado por un hocino.
No me entretuve con menudencias y le largué otro tiro mientras se tapaba.
           -¡Trasero!, dijo Isa, con el asentimiento de Gabino.
           -Pues entonces otro que se ha ido a criar, que lo más fácil es que se cuelen por la gatera de ahí abajo. ¡Maldita sea su estampa!
           -¿Pero no hay ninguna escopeta puesta en el arroyo?, me preguntó mi guarda crítico, como acostumbrado que estaba a armar una mancha.
            -Que va, que no somos suficientes y todos se quieren poner en lo bueno. Además ya estás viendo el pechugón que hay que subir después, le contesté frustrado.
            -Pero si ese es sitio capital, exclamó
           -Ya lo estoy viendo. Es que aquí, donde estamos, no se había puesto nadie antes y no sabíamos el tejemaneje de la gatera. El año que viene se pone ahí una escopeta ¡por mis niños!
A todo esto ya había dado la cara por lo lejos el otro perrero y lo paré con una seña indicándole que se acercara.
           -Venga Gabino, que vamos a ver como emperejilamos esto.
Nos juntamos los tres en mitad del collado y le estaba explicando a Pepe lo que pasaba cuando…
           -Lolo, que te llama Horacio por el “walkie”, que dice que qué leche hacéis los tres charlando, me llama Isa.
           -¡Dile que se calle, que ya se lo contaré, cojones!, y luego cierra el aparato sin esperar respuesta. A lo que íbamos, que ya estás viendo el panorama Gabino y corrígeme si me equivoco. Yo creo que tú te tienes que rebajar hasta la misma gatera mientras Pepe echa el corono para volver los cochinos que tomen ese viaje, si puedes claro. Tú, Pepe, en cuanto le des bien a los altos, te paras hasta que Gabino se te adelante un poco y cuando lleguéis a mitad de la solana ya os ponéis a la mano hasta el final.  Es que con el frío que ha hecho y estando incluso la umbría como habéis visto, sopada, excuso deciros la que se va a liar en la solana grande. ¿Qué os parece?, solté de corrido.
           -Que ya es tarde para evitar que se cuelen más por la gatera, pero si volvemos alguno y corre arriba, no está mal traído, dijo Gabino.
           -Que queréis que os diga. A mí me estáis dejando lo cómodo, asintió Pepe.
           -¡Pues arreando, que es gerundio!, los apremié.
           -¿Cómo dices, que no te he entendío lo último?, me preguntó el bueno de Pepe, porque Gabino ya estaba acostumbrado a no hacerme caso cuando soltaba alguna palabreja que no entendía.
           -Nada, nada, que adelante, que todavía queda lo mejor.
En resumidas cuentas los perros nuestros pararon un cochino y lo remetieron a la mancha y otro casi arroya a Gabino pasando la gatera sin que lo pudiera evitar, y en cuanto se me volcaron y deje de oírlos empecé a sentir el eco de los tiros que pegaban Rafa, Antonio y mi hermano Juan, y el latigazo que pegó Joaquín Cabezas donde yo estuve el año anterior. Al ratillo tiraron también Jesús y Joaquín Eguren, que volvía a estar bajo el viaducto, o fue al revés, no me acuerdo bien.
Pero como si no hubiera tenido bastante, oímos de repente crujir los alambres de la malla a nuestra izquierda y un enorme cochino se escurría por el olivar de soniche, faldeándose, de modo que me iba a entrar a mi por lo limpio, y yo cometí el error de no encender rápidamente la emisora y decírselo a Horacio para ver que hacía.
Por un lado el marrano había saltado de lo que monteábamos y era perfectamente tirable, pero por otro, estábamos manchoneando con “menos papeles que una liebre”, y si había problemas con la guardería de los Herruzo e intervenía la Guardia Civil, aquello podía terminar en desastre.
A todo esto ya me saltó el marrano a la parte de los olivos que yo dominaba bien, y como es lógico me eche el rifle a la cara y lo fui siguiendo en su majestuoso trotecillo. ¡Era un cochino de los de “tirar cohetes”! y pude verle sin problemas como le blanqueaba la boca, exageradamente, del pedazo de defensas que tenía. Pude matarlo diez veces pero se impuso la prudencia al ansia y lo dejé pasar incólume. ¡Puedo asegurarles que se me encogió el corazón!
El resultado del manchón de Año Nuevo fue la leche. Si no me salen mal las cuentas se cobraron 9 cochinos y una cierva, volviendo a tirar todo el mundo.
Cuando nos juntamos todos bajo el viaducto chico, en cuanto me vio bajar Horacio se me acercó y me preguntó:
           -¿Es que no has visto el marranazo que se ha salido por los olivos?
           -Pues claro, que lo he podido fusilar sin más problemas, le respondí.
           -¿Y como no lo has tirado, hijo de tu madre?
           -¡Jobar, por prudencia! Los vecinos nada saben de qué íbamos a montear y pensé que ante la duda lo mejor era abstenerse. Pero ni se te ocurra reprochármelo, que la procesión la llevo por dentro.
Horacio se quedó un rato pensativo y al final me dijo:
           -Has hecho bien, aunque si lo tiras tampoco hubiera pasado nada, y de pronto se echó a reír y añadió:
           -¡”En el pecado llevas la penitencia”!, !a joderse tocan!, y salió corriendo al ver que yo me agachaba a coger una piedra.

Para aquel día no hay moraleja pero si una reflexión que me hice en aquel momento: Ya iban dos monterías seguidas y en ambas había pecado de prudente. Tomé la firme decisión de no cometer más veces el mismo error, al menos en casa de los amigos, y más de una res ha pagado con su vida aquella decisión.
Ahora si toca moraleja: ¡No me hagan ni puñetero caso, no sea que se metan en un lío!



En Córdoba a 28 de noviembre de 2014 (Extraído del que será mi próximo libro)
Lolo Mialdea
lolomialdea@gmail.com